Feminista es la persona que defiende la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres.
El feminismo, nacido a finales del siglo XVIII, se consolidó en el XX con el objetivo de cuestionar y desmantelar el patriarcado, un sistema de poder que históricamente ha privilegiado a los hombres y subordinado a las mujeres, condicionando sus roles y libertades.
¿Fue Coco Chanel feminista? La respuesta es compleja, como también lo fue ella.
Cuando Chanel era joven, el feminismo estaba en sus albores. En 1916, con treinta y tres años, alcanzó su independencia económica, tras haber “utilizado” a los hombres, como ella misma reconoció. Tenía una formación básica y hasta entonces había vivido como una irrégulière.
Cuando en Francia se instauró el sufragio universal en 1944, Chanel tenía sesenta y un años. La publicación de El Segundo Sexo (1949) de Simone de Beauvoir la pilló exiliada en Suiza y dudo que lo leyera. Además, no consta que estuviera en su biblioteca.
En 1968, cuando el feminismo se hizo más combativo, tenía ochenta y cinco años. Aunque ser feminista no es una cuestión de edad, sí lo es de educación y de concienciación, algo de lo que Chanel careció.
Tradicionalmente, el discurso de género ha construido la identidad femenina en torno a los roles de madre y esposa abnegada, configurándola como un sujeto subordinado a la esfera doméstica, sin un proyecto vital propio.
Esta construcción cultural anuló la individualidad femenina hasta que, fruto de las transformaciones sociales que trajo la Primera Guerra Mundial, apareció un nuevo arquetipo: la mujer moderna, realizada mediante el trabajo y, por lo tanto, independiente.
En este contexto, Chanel contribuyó a redefinir la feminidad. Su estilo, práctico y cómodo, inspirado en la ropa masculina, era una apropiación simbólica de la autoridad masculina, ya que “de manera instintiva asimiló una de las máximas psicológicamente más importantes de la modernidad: la libertad de movimientos es poder” (Mayer 1999: 99).
Como señaló Simone de Beauvoir (1998, II: 178), “No hay nada menos natural que vestirse de mujer; sin duda las ropas masculinas son también artificiales, pero más cómodas y sencillas, están pensadas para favorecer la acción y no para entorpecerla”. En este sentido, Chanel puede considerarse feminista.
Pero si por un lado su estilo desterraba el corsé, por otro adornó con perlas, camelias y lujosa bisutería a las mujeres. Si, como afirma Beauvoir, adornarse “es una forma de ‘engalanarse’ y engalanarse es ofrecerse”, es decir, someterse al hombre, en Chanel la elegancia fue sinónimo de seducción: gustar a los hombres seguía siendo un deber. En el fondo, su estilo escondía la necesidad inconsciente de ser amada, consecuencia del abandono paterno.
Sin embargo, sus códigos estéticos no cosifican a la mujer: la silueta andrógina que proponía resaltaba las piernas -símbolo de libertad- y evitaba toda ostentación erótica.
Chanel apostó por una feminidad que seducía desde la inteligencia y no desde el cuerpo, dando jaque mate al concepto de mujer objeto -que vincula la feminidad a la glorificación y dependencia del cuerpo- y abriendo paso a la mujer sujeto, cuya feminidad se fundamenta en el intelecto y la independencia. Ahí también Chanel puede llamarse feminista.
Más allá de la moda, su trayectoria encarnó la emancipación: de mujer mantenida pasó a convertirse, gracias al trabajo, en una empresaria autónoma. En este aspecto, como constató Sylvia Lyon, Chanel “parecía ser bastante feminista”. (The Bystander, 10/04/1929)
Dicho esto —que no es poco—, Chanel no fue feminista. Su educación no la preparó para ello y tampoco ejerció la sororidad ni mostró solidaridad con su género. Al contrario, fue bastante misógina. La única mujer que realmente le importó -como buena Leo egocéntrica- fue ella misma.
Su discurso estaba plagado de contradicciones. Podía proclamar: “Una mujer, en nuestra época, debe ser independiente. No necesita a nadie, ¡mucho menos hombres!”, para luego rematar: “Pero, ¿para qué sirve una mujer sin un hombre?” (Massaro, 2017: 160).
He aquí algunas de sus opiniones sobre la condición femenina:
No me gustan los concursos de elegancia. Los de automóviles, me parecen grotescos. ¿Es normal pensar que, para vender un coche, el fabricante esté obligado a ofrecer como premio una bonita dama con un gran sombrero, rodeada de ligeras gasas y vestida con los colores de la carrocería? No, ¿verdad? Creedme, las palabras Concurso y Elegancia no se han hecho para encontrarse. (…) Los coches voluminosos y pesados necesitan un conductor masculino. (La Revue des Sports et du Monde, octubre 1934)
Sus madres vestían joven por un deber de mujer, para gustar más tiempo a su compañero, por disciplina. (La Revue des Sports et du Monde, diciembre 1934)
Mientras haya competiciones y hombres que luchen por el puro honor de ganar, las mujeres, todas las mujeres, serán deportistas. Los tiempos más prosaicos no han restado valor al culto al héroe. Para ellos, las mujeres siempre tendrán los brazos cargados de flores y premios y rostros iluminados por sonrisas. ¿De verdad crees que la moda del deporte tendría estadios tan llenos, tan fervientes empujones en los combates de boxeo, tantas bravatas bajo el sol y la lluvia en los hipódromos, si las mujeres no tuvieran la imperiosa necesidad de encontrarse a veces con héroes en la vida? (La Revue des Sports et du Monde, junio 1935)
Obligad a los cazadores a volver a disfrutar de vuestra compañía. Las tardes de otoño están hechas para mucha feminidad después de las rudas jornadas. Después del golf, después de la marcha, después de la caza, enseñad de nuevo a los hombres y a vosotras mismas que hay una temporada para vosotros, un tiempo para gustar a través de la dulzura, de la belleza, de la sensatez. (La Revue des Sports et du Monde, enero 1936)
En L’allure de Chanel hay un capítulo titulado ‘Pobres mujeres’, donde se despacha así contra su propio sexo:
Las compadezco. Pobrecillas. No han sido educadas para esta lucha en la que vivimos. Quieren votar, fumar, utilizar armas que no conocen, conducen camiones, ¡si por lo menos se cayeran en una zanja! Pero no, los conducen bien y ese es el verdadero desastre. (…) No han comprendido, en su caza del hombre, que al hombre le encantan las víctimas (las de los demás, no las suyas, por supuesto). (Morand, 1996: 191)
Las mujeres copian a los hombres, sin darse cuenta de que lo que a ellos les hace atractivos, a ellas las afea. (Morand, 1996: 193)
Las mujeres nunca me divierten. No tengo amistad con ellas. (Por otro lado, ignoran lo que eso quiere decir). De hecho, la amistad, en Francia, es un reto. La palabra ‘honor’ no significa nada para las mujeres.
(Morand, 1996: 199)
‘Ellas’, las otras, las mujeres. Chanel proseguiría con una cantinela que, en realidad, descubría sus propias carencias:
Una mujer es una fuerza mal dirigida. El hombre está bien dirigido. Puede encontrar un refugio en su trabajo. La mujer no, el trabajo la anula. La función de una mujer es ser amada. (Delay, 1983: 251)
Las mujeres se vuelven locas. Los hombres viven a su costa. Ellas trabajan, ¡ellas pagan! Es para morirse de risa. Las mujeres se convierten en monstruos. Quieren ser hombres. ¡Qué lamentables hombres! Ellas son unas víctimas. Y se quejan… (…) Ya no saben qué es ser amada. Están con chicos más preocupados por el pliegue de su pantalón, que por ellas. Yo ni siquiera dejaría que esos chicos lustraran mis zapatos. Son incapaces de hacer locuras por una mujer. Las mujeres van hacia su desgracia. Trabajar, trabajar mucho, correr siempre, no tener hijos porque retrasa la vida, trotar tras el dinero, pretendiendo hacerlo todo mejor que los hombres... Pronto se les pedirá que hagan de todo, porque son más resistentes que los hombres. (…) Hoy, la reina de las abejas es el hombre. (Haedrich, 1971: 238-239)
Para Chanel, la igualdad había matado al amor:
Os queríais liberar, he aquí el castigo, os lo habéis buscado. (Marquand, 1990: 107)
En televisión, su lengua viperina arremetió contra su sexo y, de paso, contra ella misma:
Creo en su debilidad, no en su fuerza. No son felices en un momento como este porque no son amadas. Y una mujer que no es amada es una mujer inútil. (Dim Dam Dom, 3/03/1968, en Perrignon, 2012)
Tras ser comprada por la maison Chanel, la entrevista fue retirada de los archivos del Institut National de l’Audiovisuel, en una operación de control reputacional.
Como jefa, Chanel fue autócrata y controladora, reproduciendo las maneras masculinas de poder. Nunca fue cómplice de su sexo, sino una abanderada de sí misma. Tampoco fue consciente de ser un ejemplo de emancipación femenina.
Según Marcel Haedrich (1971: 238), Chanel consideraba su caso único y no ejemplar: su individualidad estaba por encima de cualquier conciencia de género. Dejar de ser una mantenida fue para ella un acto de liberación personal, no un gesto político. La trascendencia llegó después, cuando convirtió su apellido -símbolo patriarcal- en una marca universal.
Coco Chanel no amó a las mujeres, pero sí amó su forma singular de ser mujer. No fue feminista, aunque con su historia personal se convirtió -paradójicamente- en un modelo de emancipación. Como todas, fue imperfecta, ergo humana, y, al final, implacable con ella misma, acabó por reconocer ante el espejo:
Se ve que soy una mujer. Una pobre mujer. (Morand, 1996: 201)